Escribir este curso sobre el Alba es tan complejo como bonito. Convertido en arte el hecho de destrozar crónicas con momentos al borde del abismo cargados de épica, el cuadro manchego suma a su repertorio de partidos inolvidables una noche en la que todas las emociones fueron sentidas.
Fue tan impactante lo que ocurrió a partir del minuto 92 que hablar de la hora y media anterior casi resulta insignificante, pero todo lo contrario. El Alba pudo brindar un final feliz a su grada porque supo aguantar cuando venían mal dadas.
Ya en el minuto 6, el cuadro canario preparó una jugada de laboratorio con el que pudo exclamar ‘Eureka’
Taisei Miyashiro recogió un centro lateral proveniente de un saque de esquina ensayado y la mandó a guardar. En desventaja ante uno de los rivales más duros de la categoría y una montaña que escalar.
El Alba se puso los tacos para hacerlo: el equipo se estiró buscando la igualada. Alex Rubio con varios desmarques, Puertas con ímpetu o JoGo sumándose al ataque desde su flanco intentaron anotar pero para que un final sea intenso se ha de crear un nudo emocionante que invite a creer en algo sin que se tenga certeza de que vaya a ocurrir.
Y pasó gracias a justo eso: no dejar de creer. Más de once mil albacetistas empujaron a los once del verde para seguir, proseguir y nunca desistir. El Albacete, ya en la segunda parte, encadena llegadas, momentos y ocasiones.
Hasta llegar a la prolongación, de la que el equipo local sacó jugo. En el 92, Pepe Sánchez, imperial, cabeceó un córner sobre el arco canario. El cuero impactó en un brazo rival y, tras revisión de VAR, se decretó penalti. Jefté, con sangre fría, transformó la alegría máxima para igualar el marcador.
No quedó ahí la cosa porque el Alba siempre tiene sitio para algo más. En el minuto 100, cien, noventa más diez, Obeng enganchó un zurriagazo que entró como un rayo en la meta rival. La locura se dio por descontada. Porque al Belmonte le encanta lo locura.

